En este post os dejo la redacción que escribí para el casting de GH14. Es sorprendente lo rápido que cambia la vida. Parte del texto ya está caduco, pero ahí lo tenéis, pinceladas de mi historia para ir abriendo boca.
"Cuando mi madre tenía veintidós años y mi padre veinticuatro, empecé a dar guerra a unos jóvenes muy jóvenes todavía. Nací de penalti y no esperé ni nueve meses. Desde entonces tengo prisa por asomarme al mundo y no perderme nada.
Para mí fue una grandísima suerte que me tocaran esos padres. Gracias a su corta edad, a sus caracteres hippies y aventureros, viví con ellos los mejores años de mi vida, siempre rodeada de millones de estímulos y experiencias inolvidables que cualquier niño, si hubiera sabido que eran posibles, estoy segura de que se los hubieran pedido a los Reyes Magos sin echar de menos sus otros regalos.
Pasé mi infancia entre el campo y la ciudad.
Todos los fines de semana cuando llegaba el viernes nos íbamos a Cuenca a desintoxicarnos de Madrid y mis padres me llevaban con sus amigos a aprender cosas que en el cole nunca enseñan: como saber cómo recoger setas, hacer una tirolina, encender la chimenea del refugio donde dormíamos en medio del campo, calentar agua en una botella de plástico dentro del fuego sin que explote, ¡y hasta conducir un 4x4 por caminos perdidos por si algún día lo necesitaba mi padre por hacer el cabra entre cuevas, barrancos y mares!
Lo mejor que aprendí fue a
saber ser feliz con nada y menos, bastaba una tortilla, un saco para dormir y
un río donde lavarme los dientes.
Me he cambiado de casa siete veces y he estudiado en diez
sitios diferentes desde que empecé la guardería hasta ahora, lo cual tuvo sus
ventajas e inconvenientes. Conocí a muchísima gente, aprendí a adaptarme rápido
a las circunstancias y a crear lazos muy importantes en poco tiempo, sin
embargo, perdía a mis amigos con cada mudanza y me entristecía mucho, sobre
todo porque tampoco tenía hermanos que me acompañaran, ¡aunque me harté de
pedírselos gritando a pleno pulmón a cada cigüeña que veía!
De los cinco a los dieciséis años tuve la única cosa
constante en mi vida que nunca perdía: la gimnasia rítmica. Lo era todo.
Música, baile, disciplina física y mental, compañerismo, competiciones y retos
continuos, amigas inseparables, el lugar donde derrochar mi energía excesiva…
Sin embargo, en el peor momento, en el que más estabilidad creo que necesitaba,
nos cambiamos de barrio, tuve que ir a un instituto cercano y las circunstancias
me obligaron a dejar también mi pasión. A partir de ahí fue el gran punto de
inflexión de mi vida, y, como no podía ir a mejor, fue a peor.
Se repetía la historia. Me volvía a adaptar a una casa
que odiaba, a unos compañeros nuevos, a un instituto muy diferente al colegio
de donde yo venía, llamaba la atención y conquistaba a los profesores, a los
chicos y a algunas chicas los primeros días y mi carácter extrovertido y
sensible fue mi perdición. Empecé a sufrir un acoso brutal de cuatro
repetidoras territoriales dispuestas a jubilarse allí mismo sin hacer más que
cultivar malas hierbas en su cerebro desértico y pagar sus frustraciones y
complejos con la nueva intrusa. Conmigo… Creo que solo fue porque no pasaba
desapercibida, y no precisamente por ser el incordio constante para profesores
y alumnos como solo sabían hacer ellas. Consiguieron lo que querían. Pusieron a
casi todo el mundo en mi contra, menos a un par de chicas que estuvieron siempre
conmigo sin miedo a ser diferentes y a tener su propia opinión. Una clase llena
de borregos y tres ovejas negras que no estábamos dispuestas a seguir al
rebaño. Como consecuencia, una larga enfermedad.
Mi enfermedad no solo me separó de mi familia, también de
mi gran amor gaditano de entonces y de mi grupo de nuevos amigos que conocí en
el instituto durante el Bachillerato una vez que dejé atrás a las “tripitidoras”
al acabar la E.S.O. Nadie era capaz de entenderme y, mucho menos, de ayudarme. Quizá
tampoco ayudó lo independiente que he sido hasta en esos momentos en los que
casi ni sabían nada mis padres. Ni yo lo entendía.
A los diecinueve años, me fui de mi casa. Mi primo Iván
vino un día a ofrecerme irme con él a vivir una temporada a ver si nos podíamos
ayudar mutuamente y así lo hice. Nunca olvidaré ese invierno cada uno metido en
su cueva pero entendiéndonos sin decir nada. No iba a la Universidad, me pasaba
el día buscando en Internet algo que me llenara, a veces no salía si no era
para ir a trabajar o al médico.
Mi vocación fue lo que me sujetó. Era lo más vivo que
tenía. Desde los 18 años no he parado de dar clases particulares a niños y no
tan niños. Siempre he necesitado ser autosuficiente, pagar mis propios gastos,
sentirme útil y sobre todo, realizada y valorada. Me encanta mi trabajo tal y
como es. No se me ocurre ningún otro que me dé lo mismo. ¿Un contrato en un
colegio tal vez? Me lo han ofrecido y al acabar las prácticas sentí que no era
lo que quería. No quiero ser partícipe de ese fracaso de educación regida por lo
que ofrece una ley, o un director al que lo único que le importa es hacer caja
y no esas personitas y sus necesidades particulares, porque yo ya he sido
víctima del sistema. Me niego a ser otra vez un borrego que cumpla órdenes, cumpla
el programa, haga lo que dice un libro para profesores totalmente anulada y
haga la vista gorda y pase los problemas o de sus alumnos al siguiente,
atentando contra el futuro de cada niño. Yo me dedico a intentar solucionarlo.
Y mi mayor satisfacción es ver que lo consigo.
Este otoño probé también a trabajar por las mañanas de
comercial de Iberdrola con mi cuñado. Sentía curiosidad por ver de lo que era
capaz. Solo duré una semana. No dormía bien, tenía pesadillas continuas, no me
creía lo que me intentaban vender que debía vender, veía incoherencias por
todas partes. Vendí un contrato a los tres días de empezar y me fui en cuanto
pude. Aún ni me he molestado en ir a cobrarlo. No me importaría ser actriz,
pero no puedo dedicarme a hacer creer lo increíble.
En cuanto a mis parejas, tengo para llenar mil folios. En
resumen, siempre me he “pillado”, enamorado y hasta obsesionado de quien no me
correspondía como yo esperaba. De los diferentes. Del libre, el que admiraba
por las cosas que yo no era y quería ser, el que me enseñaba lo que aún no sabía,
el artista o el políglota, el de los ojos claros, el que entendía mi humor, mis
juegos de palabras. Pero siempre de quien necesitaba ayuda y yo veía vulnerable.
El más feo y delgadito. El de pueblo. El mayor rompecorazones que
desapareció sin más y apareció un año después durante solo un día inolvidable
para volver a desaparecer. El que me doblaba la edad y no tenía absolutamente nada
salvo a mí, pero me entendía mejor que yo. E incluso el que se parecía a mi
primo Iván. Hasta que apareció quien hoy me llena, aun sin tener algunas de las
cosas que siempre quise y me dieron, y encontré en él lo que en cada relación
sentí como una utopía. Dani. Mi mejor amigo y yo “su colega”. La primera
persona que encuentro capaz de competir en sinceridad conmigo, aunque le gano,
imposible quejarme. Con quien puedo ser yo misma, quien deja que descargue mi
intensidad con él, el que tiene el récord en paciencia. Mi mejor amante. Mis
ojos favoritos. Mi presente.
Ahora es mi momento. Tengo el amor, tranquilo pero estable.
A mis padres y de nuevo a mi familia queriéndome y queriéndoles como nunca. Un
gato callejero que es la envidia del barrio y la unión de mi casa. Tengo una
amiga que vale por millones de “conocidos”, prácticamente de la familia, a la
que siento que no soy capaz de llegar a darle todo lo que ella me da. Tengo un
trabajo en el que llega la hora y nunca me quiero ir. Pero lo más importante, son mis ganas de
vivir. Mis ganas de experiencias nuevas cada día, que me enseñen. Que me
llenen. Que me permitan hacer realidad mi fe en que todo es posible. Que me
lleven a donde me merezca llegar."





